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martes, 21 de julio de 2015

El fracaso provida, por Juan Manuel de Prada

Sábado, 18 de julio de 2015

El fracaso provida, por Juan Manuel de Prada.

Reproducimos el siguiente artículo del escritor Juan Manuel de Prada, publicado por Voto Católoco Colombia, y originalmente en Religión en Libertad.

Se consumó la reformita favorecedora del aborto que impedirá abortar a las menores de edad sin el consentimiento de sus papaítos. Y digo que esta reformita de apariencia restrictiva favorece paradójicamente el aborto por la muy sencilla razón de que refuerza su consideración como acto de mera disposición de la voluntad. Cuando a una menor se le exige el consentimiento de sus papaítos para abortar se está afirmando que, para abortar, basta con tener capacidad legal, como para contraer cualquier obligación o ejercer cualquier derecho de naturaleza civil; y que, alcanzado ese requisito de la edad (o subsanado por el consentimiento paterno), abortar se constituye en un puro acto de la voluntad, como suscribir una póliza o comprarse un automóvil. Que una menor pueda o no abortar con el consentimiento de sus papaítos es un hecho irrelevante que sólo sirve (a modo de macguffin) para distraer la atención de los tontos útiles del hecho sustancial, que es la eliminación de una vida gestante. En realidad, esta reformita es una argucia para contribuir al eclipse de nuestro juicio ético, que es el fundamento sobre el que el Nuevo Orden Mundial sustenta todo su proceso de ingeniería social.

Pero los peperos no hacen sino cumplir con su cometido de obedientes lacayos, según el reparto de funciones que les asigna el Nuevo Orden Mundial. Más interesante es constatar el fracaso incuestionable del movimiento pro vida, que durante décadas ha pretendido que el aborto no es una cuestión política, esgrimiendo argumentos sentimentaloides y vacuas apelaciones al derecho natural que ya nadie entiende, precisamente porque el orden político vigente se sustenta sobre la abolición del Derecho Natural. Para combatir los presupuestos doctrinales sobre los que se sustenta el aborto hay que propugnar un orden político nuevo, que es lo que el movimiento pro vida no ha sabido hacer, pretendiendo mantenerse en un absurdo (por inexistente) ámbito de «apoliticismo», que a la postre se ha convertido en arrabal de friquismo; pues la dura realidad es que, hoy por hoy, quienes defendemos la vida gestante somos percibidos por el clima de nuestra época como friquis apestosos, amén de inhumanos.

Y es que la defensa de la vida gestante sin la postulación de un orden político que la acoja hospitalariamente resulta ininteligible. Para revolverse contra el aborto hace falta, primeramente, revolverse contra un orden económico que se funda sobre la convicción de que el mejor modo de contar con masas cretinizadas e incapaces de luchar contra unas condiciones laborales oprobiosas es conseguir que esas masas tengan pocos hijos; porque quien no tiene hijos por los que luchar acaba renunciando a la lucha. Para revolverse contra el aborto hay que explicar antes a la gente que el aborto, como todos los derechos de bragueta, son argucias del sistema para conseguir que las injusticias sociales resulten menos oprobiosas. Y que todo el sostén ideológico sobre el que el aborto se sostiene es, en última instancia, consecuencia del concepto liberal de libertad, que exhorta al hombre a deshacerse de todos los impedimentos que dificultan o limitan el proceso de fortalecimiento de su individualidad soberana. A esta idea nuclear se le incorporarían luego aderezos y perifollos como la ideología de género; pero combatir los perifollos sin atacar el núcleo es como arar en el mar.

El combate contra el aborto sólo puede ser eficaz si se inserta en un combate de naturaleza política. Todo lo demás es buscar grotescamente la «añadidura», soslayando la búsqueda primordial del «reino y su justicia». Pero a quien no busca primero el reino y su justicia la añadidura también le será negada.

miércoles, 26 de febrero de 2014

Elegir por convicción

Laicos por el Bien Común es una iniciativa ciudadana independiente de cualquier partido político o persona en particular. En cumplimiento de sus objetivos, lo que ha hecho es verificar los contenidos y las propuestas de éstos en el actual momento electoral, y ha establecido un ACUERDO PROGRAMÁTICO EN LÍNEA DE PRINCIPIOS con quienes se han comprometido explícita y públicamente a respetar, defender y promover la Dignidad Integral de la Persona Humana, las Instituciones anteriores al Estado como la Persona, el Matrimonio y la Familia, y el Bien Común.

Estas personas han hecho, por primera vez en la historia de nuestro país, lo que nadie jamás se había atrevido: comprometerse de manera explícita y pública con los Principios que sustentan, respetan y promueven la Dignidad de la Persona y el Bien Común. No se trata de un acto de oportunismo, sino de gran valor y seriedad, ante realidades tan graves y trascendentes como la Vida y el Orden social.

Sabemos que, difícilmente, en el ámbito político encontraremos personas conocedoras de estos temas en su fundamentación ética y antropológica, pero por lo mismo debemos participar, y hacerles ver estas realidades que, desde lo público, el gobierno, el poder legislativo y las Cortes, están siendo modificadas, adulterando el orden natural y ejerciendo una forma de violencia sutil sobre las mismas y sobre nuestros hijos, adoctrinándolos con una moral de estado que los incita al desorden moral y, en consecuencia, destruye el Orden Social.

Como ciudadanos, es un ejercicio muy valioso, necesario y sano, que cada quien ejerza su derecho de expresar con libertad su sentir y su opinión. Es lo que promovemos: participar activa y proactivamente en el debate político actual, a pesar de las desilusiones que todos tenemos en relación con la política. Es, además, nuestro deber cívico y, como cristianos, hacerlo a conciencia, pese a las limitaciones humanas de los candidatos. Estamos obligados, y no podemos simplemente limitarnos a cuestionar y a criticar: en el peor de los escenarios, aplica aquello de que "de todos los males, el menor".

Estas personas necesitan que les ayuden a VER, para acertar y no volver a errar. Si no lo hacemos nosotros, llegarán otros cargados de intereses que los inducirán a error en nombre de una pseudo justicia amparada en una falsa libertad. En esta ocasión, los cristianos tenemos que elegir y exponernos, o no tendremos más espacio en la vida pública que el de ser una especie de ciudadanos de segunda, criticones y poco activos.

No hay más con quién contar en este particular momento de nuestra vida y de nuestra historia. Comparemos las opciones: los partidos tradicionales fusionados bajo una supuesta unidad que sólo les asegura cuotas burocráticas, y una izquierda totalitaria que busca legitimar los desafueros de una lucha armada e imponer el totalitarismo inherente a la ortodoxia marxista. Entre esos dos extremos hay un centro que mira con realismo, objetividad y sentido común las posibilidades de una paz justa.

En el centro ha de prevalecer la democracia, legítima y justa, como virtud garante del orden social, institucional y del bien común. Aristóteles definió la virtud como el justo medio entre el exceso y el defecto, y no como una medianía que todo lo acepta y todo lo concede. Así por ejemplo, el valor es la virtud que provee el equilibrio entre dos vicios o extremos: el temor y la temeridad.

En el Centro –si es que no hemos perdido aún la memoria, aunque sí tal vez la gratitud–, hay una opción clara, sensata, de sentido común, que ofrece una mirada objetiva y equilibrada de la realidad, en línea de principios. Una opción clara y seriamente comprometida con el bien común, que es “el bien de todos y cada uno, para que todos seamos verdaderamente responsables de todos”. Una opción fundada en convicciones sólidas y estables, de las que conviene aclarar que una convicción no es aquello de lo que yo estoy convencido –el subjetivismo relativista– sino la adhesión consciente a aquellas proposiciones que expresan con fuerza, la fuerza de la verdad.

Esta campaña exige, pues, no sólo una pedagogía de las opciones sino de las convicciones. Elegir, en esta coyuntura, será no sólo un ejercicio de la consciencia, sino una expresión de la calidad y de la fuerza de nuestra convicción. Por ello hemos hecho un voto de confianza, para que el resto de nuestros ciudadanos haga uno de conciencia.