sábado, 14 de junio de 2014

La auténtica Paz

Tomado y adaptado de un texto publicado en el sitio web de Alberto Villasana
Sólo Jesucristo es el dador de la verdadera Paz, y la suya es totalmente distinta a la que ofrecen el mundo y los políticos: "La paz os dejo, mi paz os doy; no como el mundo la da os la doy Yo" (Jn 14, 27).
La suya es verdadera pues proviene de la conversión del corazón y de la reconciliación con el Padre, la cual es posible porque Jesucristo nos redimió con los méritos de su pasión, muerte y resurrección. Jesús nos liberó de la esclavitud del pecado y de la consiguiente falta de paz interior: "Y que la paz de Cristo reine en vuestros corazones, a la cual fuisteis llamado en un solo cuerpo..." (Col 3, 15).
La de Jesús no es una paz de mera convivencia externa, fruto de haber renunciado a la supremacía revelada y de haber aceptado la convivencia con otros credos o ideologías. La suya es interna y transformadora de la mente y del espíritu: "Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestras mentes en Cristo Jesús" (Fil 4, 7).
La paz de Jesús no depende de un frágil equilibrio de fuerzas religiosas, políticas o ideológicas, sino de la gracia que Él mismo nos otorga. Fue lo primero que concedió a sus atribulados discípulos después de su Resurrección: "Paz a vosotros".
La paz de Jesús no es para todos: "No hay paz para los malos" (Is 48, 22). Está reservada para el creyente, justificado por la fe en el Señor Jesucristo: "Él es nuestra paz" (Ef 2,14).
La de Cristo es una paz que unificará verdadera e íntimamente a todos los pueblos, como en el pasado realizó ya el milagro de unificar al pueblo judío y a los pueblos gentiles en la Iglesia. Pero esa unificación se realiza en su propia Sangre y solamente en ella: "Ahora, por la sangre de Cristo, están cerca los que antes estaban lejos. Él es nuestra paz, Él ha hecho de los dos pueblos, judíos y gentiles, una sola cosa, derribando con su cuerpo el muro que los separaba: el odio. Él ha abolido la ley con sus mandamientos y reglas, haciendo las paces, para crear en él un solo hombre nuevo. Reconcilió con Dios a los dos pueblos, uniéndolos en un solo cuerpo mediante la cruz, dando muerte al odio" (Ef 2, 13-16).
Por ello, es absolutamente imposible confundir la Paz del Reino de Jesucristo, con la falsa paz del mundo: sólo la sangre de Cristo puede dar muerte al odio para posibilitar la paz y unificación humana verdaderas.
Veamos qué diferente es la doctrina de la Iglesia, proclamada solemnemente por el Papa Pio XII, a quien le tocó vivir el horror de la Segunda Guerra Mundial y quien escribió una encíclica dedicada a la paz (y a combatir la herejía del Irenismo):
"Tengan todos presente que el acerbo de males que en los últimos años hemos tenido que soportar se ha descargado sobre la humanidad principalmente porque la Religión divina de Jesucristo, que promueve la mutua caridad entre los hombres, los pueblos y las naciones, no era, como habría debido serlo, la regla de la vida privada familiar y pública. Si, pues, se ha perdido el recto camino por haberse alejado de Jesucristo, es menester volver a Él tanto en la vida privada como en la pública. Si el error ha entenebrecido las inteligencias, hay que volver a aquélla verdad divinamente revelada que muestra la senda que lleva al Cielo. Si, por fin, el odio ha dado frutos amargos de muerte, habrá que encender de nuevo aquel amor cristiano, que es el único que puede curar tantas heridas mortales, superar tan tremendos peligros y endulzar tantas angustias y sufrimientos" (Carta Encíclica Optatissima pax, de 1947).
Como se puede ver, el Magisterio de la Iglesia tiene una altísima estima por la paz. El nombre mismo de este documento, Optatissima pax, es muy elocuente: "La paz tan deseada" deseo ferviente del Vicario de Cristo, ante una guerra mundial que tuvo por objetivo militar incluso a El Vaticano.
Pero tan ardiente deseo no le hizo renunciar a su identidad católica, ni le llevó a espurios compromisos. Por eso afirmó que si se llegó a los extremos tan crueles de la Segunda Guerra Mundial fue porque los hombres se apartaron de la religión divina de Jesucristo. No era, como debió haber sido, la regla de vida privada y pública. A esa religión, dijo Pio XII, es necesario volver para que se encienda nuevamente la caridad divina y se pueda sembrar la paz que proviene de lo alto.
Lamentablemente, la propuesta que se antepone corresponde a la paz del mundo: el diálogo, la convivencia, la negociación, la tolerancia, el entendimiento superador y la hermandad interreligiosa, que no son más que una ilusión humanista, un instrumento de astucia política que se quiere sumar a la de quienes deciden en el mundo, una propuesta carente del sustento virtuoso de la religión de Jesucristo, cuya caridad divina es la única que puede mover los corazones a practicar la justicia, a perdonar, a lograr lo que ningún líder político ha propuesto y que supera incluso el deber estricto de la justicia: amar al enemigo en nombre del único Redentor.
El Dios verdadero no es el mismo que adoran los no cristianos. Nadie puede adorar al Padre eterno si no adora al Hijo: "Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí" (Jn 14, 6). Es decir, quien no proclama que Dios es el Padre del único y eterno mediador, Jesucristo, Mesías de la humanidad, simplemente no puede llegar a Dios, y mucho menos a la paz. La paz que se quiera construir sobre otro fundamento fuera de Cristo es simplemente utopía endeble, transitoria, relativa e irrisoria.
Lo que nos ha enseñado el Magisterio de la Iglesia (no las prácticas irenistas) ha sido siempre esto: no hay paz posible si no se acepta a Jesucristo como Señor de las Naciones, y su doctrina como inspiración de las leyes de la sociedad civil. No hay paz que pueda valer fuera de la caridad de Cristo: será una paz de ejércitos, de acuerdos, de cementerios y campos de concentración. Será una falsa paz que llegará incluso al exterminio de los que resulten ser un obstáculo para ese entendimiento sincretista interreligioso que es fruto de la simulación irenista.
Sabemos, por la Biblia y las revelaciones de Fátima, que al final triunfará el inmaculado Corazón de María, y que el Reino de Jesucristo será aceptado por todo el mundo. Pero antes vendrá el engaño de la falsa paz.
Cuando caiga toda la ficción irenista retornará el único, auténtico y eterno "Príncipe de la Paz", Jesucristo nuestro Señor. En ese momento Jesús nos devolverá, a quienes hayamos sido fieles al Magisterio, aquello que nos fue quitado temporalmente: la paz. Y nos dirá, como cuando se apareció en medio de sus discípulos que se encontraban temerosos y a puertas cerradas después de su aparente derrota en la Cruz: "La paz con vosotros" (Jn 20, 26).

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